El barrio

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La Cibeles cubierta. Al fondo, el edificio de Correos. Fuente: http://madridayer.wordpress.com/tag/la-cibeles-protegida-durante-la-guerra-civil/

El otro día, trasteando en esa red social que une y desune, surgió la idea de dar a conocer este blog en las páginas y grupos que frecuento. Una de ellas es la del barrio que me vio nacer. Y crecer… Para irme lejos, tan lejos como dio de sí la línea verde primero y luego más allá, donde la sierra está al alcance de la mano. Luego volví. Bien cerca. Si pensamos con fuerza creo que nos escuchamos los pensamientos. Y me encanta. La vida.

Un comentario me hizo centrar la vista. El corazón me dio un vuelco. Empezó a palpitar fuerte. Se me hundió el pecho y las eternas amigas saladas bailaron con mis ojos… De nuevo. Preguntaba primero de quién era hija. Inmediatamente después, en otro comentario, si tenía algo que ver con mi abuelo. ¡Con mi abuelo! La vida encima de golpe. Tuve que ir al baño a secarme las lágrimas. Es mi abuelo, contesté. No. Era mi abuelo. Soy hija de su hija, a quien dedico el libro.

¿Ha fallecido? Ya sé que es increíble, porque yo aún no me lo creo, pienso. Paro para coger aire. Cuántos años llevo acordándome de él y diciendo voy a ir a verle. Siguió escribiendo. Es hijo de un compañero de mi abuelo del trabajo, de Correos. De cuando los carteros llevaban la saca colgada del hombro. Una saca infernal. Una saca que lo acompañaba cada día, todos los días… En ese edificio enorme y señorial frente a la Cibeles, fuente que los habitantes de Madrid, de mi Madrid heroico, taparon con sacos de arena para que los bombardeos fascistas no la destrozasen.

También hay otro Madrid, el de zonas neutrales dictadas por el genocida, el del barrio Salamanca, cuna (y lecho) de fascistas y demócratas que ocupan cargos ministeriales, jefaturas de gobiernos que se autoproclaman democráticos. Ese otro Madrid, el que apoyó la sublevación, el golpe de Estado, el que se entristeció cuando este fracasó, el que desde ese día, hasta nuestros días, sigue pertrechando su plan de venganza. El Madrid de alcaldes que trasladaron el ayuntamiento al edificio donde mi abuelo trabajó hace tantísimos años. El mismo alcalde que, convertido en ministro casi casi por la gracia de dios, renueva el título de marquesado a la familia de Queipo de Llano, general fascista que hizo desaparecer a más de 113.000 civiles, violó a miles de mujeres…, un 17 de julio, este, de 2012… Por la gracia de dios. O porque le da la gana. Para agradecer el trabajo bien hecho. Que todo quedó atado y bien atado.

Paro para descansar, para recordar, para sonreír al apretar contra el pecho la foto que acompaña mis días desde hace más de un año.

Para mí también era especial. Los abrazos que me daba con tanto cariño cuando iba a Correos a verle cuando trabajaba allí. ¡Qué alegría le daba! Y presumía con todos: este es Jesusín, el hijo de REVUELTA, como si fuera suyo.

N.B. Mi madre me dijo que mi abuelo se iba a tomar el chatito de vino con su padre cuando volvían del trabajo. ¡Claro que lo recuerda! Me habló de su familia y de algún que otro avatar. En esos recuerdos mi abuelo estaba vivo. ¡Vivo! Caminaba junto a su padre y charlaban, bebían o callaban. Mi abuelo.

Agradecida. Un abrazo.

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La fascista

Los rojos quemaron muchas iglesias, se atrevía a reprocharme la fascista. La misma que un día espetó a mi madre con ese desaire, ese desprecio del que hacen gala las fascistas: Tú eres una atea. Y una roja también, de esas que no conseguisteis eliminar, fascista.

…Actué con toda energía contra los marxistas como se demuestra por el hecho de que en los primeros días de mayo del año mil novecientos treinta y seis disolví a tiros a una multitud que daba mueras a la Guardia Civil causándole más de treinta bajas. Francisco Cuevas Rodríguez, sargento de la Guardia Civil.

La brutal actitud del guardia civil provocaría una airada contestación popular que, como solía ocurrir, terminó dirigiéndose hacia la iglesia, símbolo por esencia del poder de la derecha, y hacia la quema de imágenes. Violencia roja y azul. El triunfo del golpe militar: el terror en la zona ocupada. José María García Márquez, p.109.

Más de treinta muertes… Quema de imágenes… Cuantísima maldad desprendían las hordas marxistas. Cuantísima.

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La única iglesia que ilumina es la que arde.

La marca España

Alguien se imagina un juicio por violación… no, no, no, no un juicio… Eso ya supone que lo que se ha hecho se tiene como delito, que se ha detenido a alguien, que hay cargos… ¿Somos capaces de imaginar la escena de una violación? Una mujer tirada en el suelo, con las bragas colgando de los tobillos, rota y magullada. Sucia, arañada, la cara surcada por lágrimas y babas. Llora, ya no grita. Ya ha gritado y no ha servido de nada. Sí, miento. Sí ha servido, para que su agresor la golpee con más dureza, para que la muerda y embista con más virulencia. Para que la desgarre. Paralizada por el terror. Sus ojos ya no miran. Está quebrada.

El agresor, el violador, el que la ha visto y se ha dicho: esta para mí, esta me la calzo yo a hostias. Dos puñetazos, al suelo, le arranco las bragas y mmmm…, qué ganas tengo, follarla hasta romperla. La puta esta.

Se levanta, mira a su alrededor mientras se coloca la camisa. Se sube el pantalón y lo abrocha. Mira al suelo. La mira a ella. Sonríe. Puta. Como grites te mato. Se agacha, la agarra por la cara mientras le susurra en voz baja: te mato. La suelta con violencia mientras se levanta. Sangra. Está perdiendo mucha sangre. No hemos dicho que estaba embarazada. Ni que a consecuencia de los desgarros tendrá que ser intervenida quirúrgicamente ni que perderá un ovario. Tampoco hemos dicho que ha abortado. Ni que tardará años en volver a mantener una relación sexual. Ella calla. Silencio.

Pasa el tiempo. En ese tiempo se ha topado con él, con su violador, con su torturador, con el hombre que le provocó un aborto, en innumerables ocasiones. El miedo le impide hablar. Callada. Se avergüenza. Te mato. Mira al suelo. Un día cualquiera, después de muchos meses, años, se siente capaz. Piensa que algo ha cambiado. La juventud perdida. La vida truncada. Se atreve a señalarlo con el dedo. ¡Es él! ¡El que me violó es él! Grita. Ahora sus ojos miran. Le miran a él. Sus ojos clavados en él. El agresor se da la vuelta, tranquilo. Él también la mira, sereno. La gente de alrededor también la mira, acusándola. Ya estás otra vez con lo mismo. No levantes heridas. No remuevas el pasado. Eso sucedió hace muchos años. Venga, dale la mano. Es tu vecino, no sigas con lo mismo.

Pero es él, hay que detenerlo, juzgarlo, me violó, aborté… No levantes viejas heridas mujer. Calla. Por el bien de todos. Calla. Y cuando lo vuelvas a ver lo saludas cordialmente. Venga, ahora os reconciliáis, que lo que sucedió tampoco fue para tanto. Que tú también le arañaste la cara, no digas que no. Y le tiraste del pelo, histérica. Y seguro que ibas provocando. Calla, mujer, calla. Que aquí nunca pasó nada.

 

Aquí lo llamaron reconciliación nacional. La marca España.

Una metáfora

“De ahí lo impropio de designar el todo por la parte, es decir, de llamar guerra civil a aquel ciclo de terror y muerte abierto por el golpe y cerrado catorce años después con el aniquilamiento de toda resistencia. En realidad hablamos del gran proyecto antidemocrático de los sectores antirrepublicanos de la derecha española, los cuales, tras la derrota electoral de febrero del 36, se lanzaron primero por la pendiente del golpismo y luego, ante el fracaso parcial del 18 de julio, fueron capaces, en beneficio propio, de sumir al país en una terrible guerra civil, tras la cual consumaron el plan inicial.” Violencia Roja y Azul. Francisco Espinosa Maestre, ed.

El objetivo de estos sectores quedaba claro y llega a nuestros días: España jamás volvería, ni ha vuelto, a ser republicana. Estos sectores tienen nombre y apellidos, han formado familias y linajes, copan altos cargos políticos, judiciales, militares. Son los mismos que nombran calles con sus antepasados, que los homenajean, que renuevan títulos nobiliarios, incapaces de condenar la barbarie, porque sería condenar a sus familias, a sus padres, tías, abuelos, a sus madres… Sus antepasados: violadores, asesinos, torturadores, genocidas. Nuestro presente democrático de silencios ahogados entre espadas en alto.

Tras la guerra continuó el plan de exterminio de toda idea republicana. Pero las ideas no flotan en el aire, las ideas las llevamos dentro, mujeres y varones. Luego entonces, era necesario el exterminio físico de toda idea republicana. Las mujeres, transgresoras, rojas, masculinizadas, debían aprender la lección: una mujer es esposa, madre y ama de casa, sumisa, callada y quieta. Había que reeducar a las mujeres. De ello se encargaron las órdenes religiosas y la Sección Femenina de la Falange. Los varones republicanos sí habían cumplido su papel de coger un fusil y luchar en el espacio público, pero equivocaron el bando. Por ello el número de varones asesinados por los sublevados es en extremo superior al de las mujeres. Mujeres luchadoras a las que violaron, torturaron, hicieron abortar “un rojo menos” por las palizas, dejaron sus vientres inservibles por las torturas y las condiciones de hacinamiento y malas condiciones de salubridad en las cárceles, en su mayoría conventos reformados para estos fines. La juventud perdida. La vida truncada.

Tras el golpe militar los sublevados comenzaron a utilizar los bandos de guerra, esos procesos sumarísimos completamente ilegales, para asesinar impunemente a quienes les viniera en gana. Práctica que se extendió hasta bien entrados los 40. El bando republicano creó los tribunales populares a finales de agosto del 36, para no dejar el camino libre a arrebatos de venganza ni sed de justicia personales.

Madrid debió haber caído a principios de noviembre de 1936, pero mi Madrid, el Madrid heroico, resistió el embate fascista. Balcón por balcón, calle por calle, no pasaréis malditos fascistas. No pasaréis. Continuó entonces una larga e interminable guerra. Con los apoyos con que contaba el golpista la victoria era suya, el verdadero objetivo fue la aniquilación de todo resquicio republicano. El tiempo le daría la razón. Europa estaba centrada en acabar con Hitler, aquí los fascistas campaban a sus anchas.

El dictador necesitó catorce años, hasta 1950, para eliminar toda oposición, toda resistencia, para dar por cumplido el objetivo. En 1950 la oposición republicana estaba en la cárcel, en el exilio, devastada o en cunetas aún hoy olvidadas.

El 15 de abril de 1950 nació mi madre.

A veces, mi abuela me cuenta…

… Habla conmigo de aquella noche. Noche oscura. Los fascistas habían apagado las luces del pueblo para que nadie los viera. El cura les iba diciendo qué puertas golpear… “Me asomé por la ventana. Vi a lo lejos una luz. Padre, dije, hay una luz muy rara. Sonó la puerta. ¿Vicente Arnaiz? Es en esa puerta, vive ahí. Y se lo llevaron. Se llevaron a lo mejor del pueblo. Los fusilaron en la tapia del cementerio. A lo mejorcito del pueblo.”
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“Resulta de particular interés el papel de los relatos que las madres cuentan a sus hijas porque, como ha indicado Shelma Leydesdorff (1994), estos forman parte de una conciencia que no es la del conjunto de la sociedad de posguerra, ni la que ha interesado a la historiografía. Se trata de experiencias subjetivas a caballo entre la memoria individual y la colectiva, donde a menudo quedan regaladas la mayoría de las vivencias privadas de las mujeres, las que forman parte del exilio y la represión, pero también de un pasado oculto.

Sobres sus testimonios operó el silencio, el olvido, la nostalgia, y la mitificación, porque las mujeres dosificaron sus recuerdos para alejarse del horror, de las experiencias más traumáticas y confinadas como un secreto del que habría que distanciarse, para comprenderlas y sobrevivir.”

Sofía Rodríguez López. Entre líneas. Estudiar a las mujeres desde el aparato a los márgenes del franquismo.

El libro rojo

Cuando murió mi abuelo vino desde París su hermano. Hermano por parte de padre. La madre de mi abuelo murió cuando él era muy pequeño. También tuvo una hermana, también murió. Murió al nacer o poco después. Mi bisabuelo era por aquel entonces muy joven y dejó a mi abuelo al cargo de una hermana. Esta hermana a la que detuvieron y llevaron presa a la cárcel de Ventas. Mi madre me contó un día que el marido llevaba a su hijo para que la viera desde la calle, mientras se asomaba por la ventana.

Enseñé a mi tío un libro rojo precioso. Cuadrado, de pastas duras. Siempre lo había visto en casa de mi abuela y mi abuelo. El Romancero gitano en castellano y francés. Eran las cinco de la tarde… Recuerdo a mi abuelo leyendo, leyéndome, uno de los poemas, donde nombra a la guardia civil. “Tienen, por eso no lloran, de plomo las calaveras.” Por esto lo fusilaron, me decía. Leía con voz tajante, seca. Los ojos grises centelleantes, llenos de vida, muerte y recuerdos, mientras posaba su dedo índice sobre los versos, para enseñarme. Y me enseñó. Claro que me enseñó. Hice míos sus recuerdos. La voz tajante y seca. Los ojos, marrones los míos, centelleantes, llenos de vida, muerte y recuerdos. Si lloras no puedes escribir Lourdes. No llores y escribe.

Resultó que se lo había enviado mi bisabuelo a mi tío y mi abuelo se lo quedó. Esas cosas… Ahora sonrío. Ni siquiera lo sabía. Tengo un libro del abuelo maravilloso, dije a mi tío. Ya sé cuál es, es un libro rojoMe lo envió el abuelo (su abuelo es mi bisabuelo, claro) y se lo quedó mi padre (mi abuelo…, el de los ojos grises más bonitos del mundo). Le miré a los ojos. Los ojos de mi tío brillan. ¡Me lo he quedado yo! Un día, hace mucho mucho tiempo, pedí a mi abuelo que me lo dejara. Nunca se lo devolví. Era parte del plan. Es un libro especial. Como mi abuelo.

El caso es que mi abuelo me había escrito en un pequeño papel el cargo que tenía su padre. Algo así como comisario de la policía secreta y guardaespaldas de Largo Caballero. Se lo enseñé a mi tío. Se le cayeron las lágrimas mientras me decía que a este político le abrieron la frontera para que pasase. A mi bisabuelo no. Se quedó dentro. En el horror fascista. Luego vino el campo de concentración.

Romance de la guardia civil española

Los caballos negros son.

Las herraduras son negras.
Sobre las capas relucen
manchas de tinta y de cera.
Tienen, por eso no lloran,
de plomo las calaveras.
Con el alma de charol
vienen por la carretera.
Jorobados y nocturnos,
por donde animan ordenan
silencios de goma oscura
y miedos de fina arena.
Pasan, si quieren pasar,
y ocultan en la cabeza
una vaga astronomía
de pistolas inconcretas.

*

¡Oh ciudad de los gitanos!
En las esquinas banderas.
La luna y la calabaza
con las guindas en conserva.
¡Oh ciudad de los gitanos!
¿Quién te vió y no te recuerda?
Ciudad de dolor y almizcle,
con las torres de canela.

*

Cuando llegaba la noche,
noche que noche nochera,
los gitanos en sus fraguas
forjaban soles y flechas.
Un caballo malherido,
llamaba a todas las puertas.
Gallos de vidrio cantaban
por Jerez de la Frontera.
El viento, vuelve desnudo
la esquina de la sorpresa,
en la noche platinoche
noche, que noche nochera.

*

La Virgen y San José
perdieron sus castañuelas,
y buscan a los gitanos
para ver si las encuentran.
La Virgen viene vestida
con un traje de alcaldesa,
de papel de chocolate
con los collares de almendras.
San José mueve los brazos
bajo una capa de seda.
Detrás va Pedro Domecq
con tres sultanes de Persia.
La media luna, soñaba
un éxtasis de cigüeña.
Estandartes y faroles
invaden las azoteas.
Por los espejos sollozan
bailarinas sin caderas.
Agua y sombra, sombra y agua
por Jerez de la Frontera.

*

¡Oh ciudad de los gitanos!
En las esquinas banderas.
Apaga tus verdes luces
que viene la benemérita.
¡Oh ciudad de los gitanos!
¿Quién te vio y no te recuerda?
Dejadla lejos del mar,
sin peines para sus crenchas.

*

Avanzan de dos en fondo
a la ciudad de la fiesta.
Un rumor de siemprevivas
invade las cartucheras.
Avanzan de dos en fondo.
Doble nocturno de tela.
El cielo, se les antoja,
una vitrina de espuelas.

*

La ciudad libre de miedo,
multiplicaba sus puertas.
Cuarenta guardias civiles
entran a saco por ellas.
Los relojes se pararon,
y el coñac de las botellas
se disfrazó de noviembre
para no infundir sospechas.
Un vuelo de gritos largos
se levantó en las veletas.
Los sables cortan las brisas
que los cascos atropellan.
Por las calles de penumbra
huyen las gitanas viejas
con los caballos dormidos
y las orzas de monedas.
Por las calles empinadas
suben las capas siniestras,
dejando detrás fugaces
remolinos de tijeras.
En el portal de Belén
los gitanos se congregan.
San José, lleno de heridas,
amortaja a una doncella.
Tercos fusiles agudos
por toda la noche suenan.
La Virgen cura a los niños
con salivilla de estrella.
Pero la Guardia Civil
avanza sembrando hogueras,
donde joven y desnuda
la imaginación se quema.
Rosa la de los Camborios,
gime sentada en su puerta
con sus dos pechos cortados
puestos en una bandeja.
Y otras muchachas corrían
perseguidas por sus trenzas,
en un aire donde estallan
rosas de pólvora negra.
Cuando todos los tejados
eran surcos en la tierra,
el alba meció sus hombros
en largo perfil de piedra.

*

¡Oh, ciudad de los gitanos!
La Guardia Civil se aleja
por un túnel de silencio
mientras las llamas te cercan.

¡Oh, ciudad de los gitanos!
¿Quién te vio y no te recuerda?
Que te busquen en mi frente.
juego de luna y arena