A veces, mi abuela me cuenta…

… Habla conmigo de aquella noche. Noche oscura. Los fascistas habían apagado las luces del pueblo para que nadie los viera. El cura les iba diciendo qué puertas golpear… “Me asomé por la ventana. Vi a lo lejos una luz. Padre, dije, hay una luz muy rara. Sonó la puerta. ¿Vicente Arnaiz? Es en esa puerta, vive ahí. Y se lo llevaron. Se llevaron a lo mejor del pueblo. Los fusilaron en la tapia del cementerio. A lo mejorcito del pueblo.”
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“Resulta de particular interés el papel de los relatos que las madres cuentan a sus hijas porque, como ha indicado Shelma Leydesdorff (1994), estos forman parte de una conciencia que no es la del conjunto de la sociedad de posguerra, ni la que ha interesado a la historiografía. Se trata de experiencias subjetivas a caballo entre la memoria individual y la colectiva, donde a menudo quedan regaladas la mayoría de las vivencias privadas de las mujeres, las que forman parte del exilio y la represión, pero también de un pasado oculto.

Sobres sus testimonios operó el silencio, el olvido, la nostalgia, y la mitificación, porque las mujeres dosificaron sus recuerdos para alejarse del horror, de las experiencias más traumáticas y confinadas como un secreto del que habría que distanciarse, para comprenderlas y sobrevivir.”

Sofía Rodríguez López. Entre líneas. Estudiar a las mujeres desde el aparato a los márgenes del franquismo.

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