Fragmento del capítulo La Santa Cruzada, 1936-1939

Su padre y su hermano huyen a Madrid. Durante un año los sublevados van a su casa amenazando tanto a su hermana como a ella de cortarles el pelo. “Venían ya por la mañana a las seis de la mañana.”

Pero el sistema represivo de la dictadura guarda determinados castigos a las mujeres, castigos que se pretenden ejemplares y selectivos por la crueldad con que se perpetran, lo que Cabrero Blanco (2006, p.337) llama “sesgo de género”. Las mujeres republicanas habían abandonado su papel de subordinación y pasividad, “habían elegido vivir como protagonistas” (Ibíd. p.185). Era necesario purificarlas, reconducirlas a la feminidad tradicional transgredida. Invisibilizarlas. En su avidez de venganza, los sublevados pedían sangre, cárcel, hasta muerte para ellas por traspasar los límites de la domesticidad. Constituía una misión incluso de tintes sagrados represaliarlas brutal y salvajemente con total impunidad (González Duro, 2012).

A las mujeres, además de detenerlas por los mismos motivos que a los varones, se incluía el de ser familiares de antifranquistas: madres, esposas, hermanas, hijas de rojo. Los arrestos podían acompañarse, o darse sin el arresto, de pelados al cero tanto de la melena como de las cejas. La melena es una característica femenina por lo que la amenaza, o su cumplimiento, de los rapados constituyen una represión sexuada. Represión sexuada a la vez que castigo ejemplarizante y público. Las golpeaban y las pelaban y así, peladas y doloridas las paseaban por la vía pública en presencia del vecindario que en muchas ocasiones acudía por obligación. Algunas personas las insultaban, las gritaban, las increpaban bien por pertenecer al bando sublevado, bien para disimular sus ideas republicanas. En algunas ocasiones el pelado, los golpes y el posterior paseo público, constituía un castigo en sí mismo. En otras, las mujeres además pasaban a disposición gubernativa. No es casual que los rapados hayan sido silenciados, eliminados del recuerdo colectivo. Pero no por ello olvidados primero por aquellas que lo padecieron, segundo por las personas que lo presenciaron. “La amnesia histórica funcionaba perfectamente y desde el principio” (Ibíd., p.36). Más tarde, en el pacto de silencio y cobardía que supuso la transición, la izquierda aceptó el olvido. Despreció a sus protagonistas, ignoró de qué lado estuvo en las trincheras, quién se sublevó contra el orden establecido en las urnas, negoció incluso con franquistas de manos ensangrentadas.

 

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El «impacto neto positivo en la economía, por los beneficios esperados en la campo de la natalidad» del Ministerio de las Injusticias

España quiere que sus mujeres le sirvan únicamente como mujeres. Que hagan patria únicamente  como mujeres, que su esfuerzo y su trabajo respondan exactos a sus posibilidades mentales y físicas. Pero, al reconocer todas las prerrogativas de su sexo, exige de ellas también implacable conciencia de la hora que atravesamos. Les exige un máximo rendimiento en servicio y sacrificio. Les exige conocimiento y renunciamiento: conocimiento de sus deberes y renunciamiento a sus egoísmos, frivolidades, ambiciones personales y pequeñas.

 

“Retrato ejemplar de una mujer de raza”, editorial de Y, Revista de la Mujer Nacionalsindicalista, febrero 1938.

 

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El nombre de todas las cosas

Resulta lamentable que existan personas que se dicen demócratas y bla, bla, bla, incapaces en absoluto de pulsar siquiera al botón de me gusta en la página de este libro de rojos. Cosas de rojos, el masculino invisibilizador no es casualidad. El franquismo (fascismo, señoras y señores, llamemos a las cosas por su nombre), y después la transición (o continuidad revestida de tintes democráticos –democrático burgueses-), bien se encargaron de tergiversar los términos. La historia oficial, la que cuentan los vencedores… Un momento, ¿quiénes fueron los vencedores? ¿Quiénes fueron los golpistas, los asesinos, los violadores, los que firmaban penas de muerte mientras Alfredo Landa gritaba a las suecas? Esas personas, que se dicen demócratas y me tachan de radical (orgullosa de buscar siempre la solución y no de poner tiritas o de mirar a otro lado), se muestran incapaces de pulsar si quiera el botón de me gusta. No les vayan a confundir con esta panda rojos. Que si balas, que si esfuerzos, que si cuadros, que si costillas… Que si fascistas. Que sí, que sí: ¡fascistas!

Leo que en otros estados, en otros países, las familiares de aquellas que tuvieron algo que ver con los fascismos, se sienten avergonzadas. Constituye una lacra. Aquí no, aquí es motivo de orgullo o, al menos, de “oye, es que los rojos fíjate lo que le hicieron a mi familia.” ¿Y tu familia qué era, monina? Adepta, adicta, afecta…, al fascismo. O lo que es lo mismo: fascista. El mismo fascismo de Hitler. El mismo fascismo de Mussolini. Sólo que aquí no ganó en las urnas sino tras un golpe de estado fallido que desencadenó una larga y cruenta guerra, con el apoyo de sus hermanos fascistas y el abandono de las naciones democráticas –democrático burguesas-. Sólo que aquí, podéis gritar bien alto y bien fuerte: Tenemos el orgullo de ser el único país donde el fascismo triunfó, mi familia ayudó a ello y yo soy incapaz de llamar a las cosas por su nombre. Olé, olé y olé (esto lo añado yo).

Porque aquí, los rojos, las rojas, mi familia, resistieron. Resistieron al fascismo, a vosotras, a vuestras familias, hasta enterraros en el mar.

Paracuellos…, ¡fascistas!

Tal ocurrió, con tintes trágicos, cuando en Málaga se supo que avanzaban sobre la ciudad las tropas norteafricanas e italianas, y numerosas familias, muchas de ellas antes refugiadas en la ciudad andaluza, huyeron masivamente por la carretera de Almería, tratando de alcanzar la zona republicana y siendo bombardeadas por la aviación nacional y cañoneadas sin piedad por la armada franquista.

Enrique González Duro. Las rapadas.

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Monumento en recuerdo a las más de 4.000 personas fusiladas en Málaga por el franquismo.

CIUDADANÍA FEMENINA DURANTE LA II REPÚBLICA Y LA DICTADURA FRANQUISTA: CIUDADANA REPUBLICANA. LA “NUEVA MUJER” DEL FRANQUISMO

FRAGMENTOS DE VIDA EN LA MEMORIA.

 

 
Antecedentes
 
En el periodo anterior a la Segunda República, el dictador Miguel Primo de Rivera mantuvo el discurso de la domesticidad. Este fue heredado por su hijo, cuya idea de lo que debía ser una mujer se basaba en: una abnegada madre, esposa y ama de casa. Los años de la dictadura de Primo de Rivera (septiembre de 1923 a enero de 1930) se encuadran en los años del periodo de entreguerras. Las formaciones políticas de la derecha española que nacieron en la década de 1920, igualaron sus planteamientos en lo que respecta a la concepción jerárquica de la sociedad, la familia y los sexos en su concepción de la diferencia sexual (Moral Roncal, 2011).
 
Aunque el Estado Español no participó en la Gran Guerra, los años 20 fueron sinónimo de crisis política y social. Para la sociedad liberal, el orden y la estabilidad social tienen como base la división de géneros (jerarquía sexual, división de espacios, de funciones, complementariedad de los sexos) creada por ella y razonada como leyes inmutables de la naturaleza. Todo debate acerca de esta clasificación de las personas en base a su sexo, toda polémica referente a la educación de género, creaba inestabilidad y desorden. Desde el tradicionalismo que defendían los sectores más conservadores, se hizo  hincapié en la recuperación y afianzamiento de roles y divisiones de género (Morant I Ariño, 2012).
 
Hasta la llegada de la II República, las mujeres seguían subordinadas al varón, legal y políticamente. La división complementaria de los espacios hacía que las mujeres se encargasen solas de la gestación y la crianza de la descendencia, además del trabajo doméstico. En algunos casos también tenían que trabajar fuera de casa porque el salario del marido no era suficiente, con sueldos muy por debajo de lo que cobraban los varones. El sufragio universal, la igualdad civil, el divorcio, el acceso a determinadas profesiones, eran asignaturas pendientes que la República solucionaría (Yusta, 2006).
 
 
La II República
 
La proclamación de la Segunda República, el 14 de abril de 1931, supuso la invasión, que no la conquista,  del espacio público por las mujeres. Los políticos republicanos tomaron conciencia ante la situación de desigualdad que asfixiaba a las mujeres. Si querían que la República fuese moderna, era imprescindible mejorar las condiciones de vida de las mujeres (Ibíd).
 
Las mujeres obtuvieron la ciudadanía de pleno derecho, ya que les fueron otorgados derechos civiles, sociales y políticos, todos ellos recogidos en Decretos, Leyes y en la Constitución aprobada en diciembre de 1931. Tanto para aquellas jóvenes que la celebraban con gorro frigio y escarapelas republicanas como para las conservadoras, que defendían los valores tradicionales: religión, familia, hogar.
 
Sin embargo, en el mundo laboral encontraron la oposición más férrea por parte de los obreros, ya que allí donde trabajaba una mujer el patrón reducía los salarios, que por la patronal, puesto que aprovechaba esta situación para obtener mayor plusvalía al pagar menos. Formaciones de la izquierda como UGT y PSOE apoyaban la idea de un salario maternal para que se quedasen en casa criando a la descendencia y adecentando el hogar (Ibíd.). Es decir, sin transgredir las labores propias de su sexo.
 
Las organizaciones de mujeres asumieron de diferente manera estos cambios de una sociedad tradicional a una que, al menos en lo legal, se pretendía igualitaria. Las republicanas de la Asociación Nacional de Mujeres Españolas, ANME, aunque sufragistas, defendían un feminismo conservador cuyo discurso continuaba con la idea tradicional del papel de la mujer en la sociedad.
 
Las asociaciones femeninas de izquierdas, en el contexto de luchas e inestabilidad social, se ordenaron con las organizaciones masculinas realizando tareas auxiliares de asistencia y cuidado, tan tradicionales. Las actividades que proponía la Asociación de Mujeres Antifascistas, AMA, eran aquellas que se pudiesen compaginar con las labores del hogar y estuviesen en conexión con estas. Es en abril de 1936 cuando nace una organización que reivindica los derechos de las mujeres y lucha contra el capitalismo y el patriarcado desde presupuestos anarquistas. Son Mujeres Libres, creada  por un grupo de mujeres que ve que no tenían espacio propio en el partido, la CNT. No se llaman feministas por las reminiscencias burguesas que desde la izquierda se ha cargado el término (Ibíd.).
 
Las mujeres conservadoras, que formaron agrupaciones en los partidos de derechas, justificaban su transgresión de género como algo excepcional, hasta que las divisiones de espacios quedaran de nuevo establecidas (Vincent, 2003 y Blasco Herranz, 2003, citados por Morant I Ariño, 2012, p.118). Aun en contra del nuevo status adquirido por las mujeres, las conservadoras –falangistas y católicas-, supieron utilizarlo para defender, lograr y mantener sus fines. Cuestión que resulta, cuanto menos, paradójica.
 
La mayoría de las formaciones políticas y sociales de derechas recibieron con buenos ojos la politización de las mujeres. Esto no quiere decir que se eliminasen las diferencias internas en lo que respecta al papel de la mujer en la política. De negar que se politizasen a pretender la total igualdad de participación pasando por tenerlo como necesario pero impropio de su género (Arce Pinedo, 2009, citado por Moral Roncal, 2011, p. 177). Estas mismas formaciones hacían una clara identificación de la República con la Antiespaña y el desorden social y moral. Entendían que estaban destruyendo los pilares del Estado, a saber, religión, familia y propiedad privada. Ante esta situación presentan a la mujer como la salvadora de la patria y la religión vilipendiadas (Ibíd.).
 
La clase social a la que pertenecían las mujeres también constituye una manera de afrontar estas nuevas libertades, esta ciudadanía. Mientras que las de clases medias mantenían sus ideales pequeñoburgueses, las de clases populares podrían escapar de una situación de sometimiento patriarcal. (Yusta, 2006)
 
 
La guerra civil y la cuestión de género
 
La sublevación llevaba consigo un componente de género “y lo que en ella se jugó entre otras cosas fue el aniquilamiento de todo lo que la República había significado para las mujeres” (Yusta, 2006, p. 120). Se reaccionaba ante la transgresión que habían ejecutado las mujeres, ese salir a la calle, ocupar el espacio público, espacio destinado en exclusiva a los varones. Cada derecho que la legislación republicana reconocía a las mujeres, igualándolas a los varones, debía ser eliminado. Tanto en la zona sublevada como en la republicana, se recurría a las mujeres según los roles y estereotipos de género (Moral Roncal, 2011). No obstante, en la prensa de la primera recalcaban que dichas tareas formaban parte de las propias de su género (Blasco/Illion, 2007, Ibíd., p.123). Además era necesario evitar que las mujeres se masculinizaran, no podían realizar actividades consideradas masculinas en un espacio considerado de/para varones. En el discurso sublevado, política y espacio público estaban vetados a las mujeres (Ibíd.).
 
Graham (1995), citado por Yusta (2006, p.119), argumenta que “la reimposición o el reforzamiento de papeles de género tradicionales es uno de los instrumentos que utilizaran las sociedades autoritarias de entreguerras para frenar la democratización de la sociedad.” Siguiendo esta teoría, desde finales de 1937 hasta principios de 1938, un tema candente fue el modelo de feminidad a seguir junto con sus roles y estereotipos de género (Moral Roncal, 2011). El trabajo, la instrucción y la “moral pública”, que incluye el control del cuerpo de las mujeres, son los principales campos donde se actúa para redefinir la identidad femenina. (di Febo, 2006). Tanto la Iglesia Católica –IC- como la Sección Femenina –SF- jugaron un papel decisivo en su configuración, instauración y consolidación.
 
 
La Dictadura y la Nueva Mujer
 

            “La situación de las mujeres equivalía a la de un exilio doméstico” (Tavera García, 2006, p.240).

 
Se condena y estigmatiza a la República por haber superado los valores tradicionales, la familia y el hogar. Contra el caos republicano surge el nuevo orden, que reincorpora el sentido católico de la familia con su división de espacios, roles y jerarquía. El Estado se confesionaliza a consecuencia de la identificación por parte de la IC del golpe de estado a una cruzada, lo que modificó las relaciones de género, las costumbres recién creadas y las instituciones. La mujer vuelve al hogar y a su deber biológico, que es ser primero esposa y después madre abnegada. Queda definida como un elemento que articula y ensambla la sociedad, la familia y el Estado (di Febo, 2006). Desde la invisibilidad.
 
Las diferencias entre Falange y la IC encuentran un respiro en tanto que ambas pretenden la vuelta de la mujer al hogar cristiano, a la familia, a lo privado. La mujer queda, pues, identificada como madre. Se elaboran leyes que favorecen y premian la descendencia, dotes nupciales, mejoras en sueldo en varones que se casan con mujeres trabajadoras que dejen el trabajo, se prohíbe el trabajo remunerado a las mujeres casadas con maridos que cobren un determinado sueldo (Ibíd.).
 
Cierto es que debido a las bajas de la guerra y a las consecuencias de la autarquía, se defiende la maternidad por un lado y se limita, cuando no prohíbe, la inclusión de la mujer en el mercado laboral. No obstante, se recurre a la naturaleza antiintelectual femenina para argumentar el rechazo del trabajo asalariado (no se menciona la formación profesional deficiente, ni que desde la escuela todo fomenta el regreso a lo privado) y la vuelta a lo doméstico (Ibíd.).
 
Incluso se escriben manuales de formación para las mujeres y jóvenes donde se aconseja sobre las lecturas, el trabajo doméstico, qué ropa llevar, formas de sociabilidad. Giuliana di Febo (2006, p.226), sostiene que “para las mujeres penetra incluso en lo privado, se hace evidente una de las dimensiones totalitarias del régimen”. Incluso el cuerpo femenino despierta la atención tanto por su capacidad de procreación y la eugenesia, como por peligroso y amenazante (Ibíd.).
 
Pero no todas las mujeres vivieron las mismas condiciones. La clase social congrega a las mujeres en grupos diferenciados. En las familias de las clases medias altas las niñas iban a un colegio la mayoría de las veces de monjas hasta la pubertad. Después se preparaban para actividades femeninas. Si trabajaban, lo abandonaban al contraer matrimonio. Las mujeres de clases obreras, campesinas, clases bajas, asistían unos años a la escuela y trabajaban en fábricas o talleres. Ni el matrimonio ni el primer hijo conseguían liberarlas del trabajo asalariado,  que se entendía como una ayuda o complemento al salario familiar, ya que era el varón el encargado de mantener económicamente el hogar (Tavera García, 2006).
 
A partir de la década de los 60 se inician los cambios que son vistos como una “verdadera revolución de género”: incorporación masiva al ámbito público, reconocimiento de derechos civiles y políticos y cierta igualdad tanto en la familia como a nivel individual (Ibíd.). Habrá que esperar a la llamada Transición para que la mujer adquiera de nuevo el status de ciudadana igualada, formalmente, en derechos y obligaciones a los varones. La nueva frontera a conquistar es la igualdad real que se conseguirá, como aquellas anarquistas de Mujeres Libres, luchando contra el capitalismo y el patriarcado.
 
 
Anexo I
Acción Católica de la Mujer. Tradición antifeminista
 
Aun presentándose como firmes defensoras de la familia y el hogar, es decir, del espacio privado, Acción Católica de la Mujer es una de las organizaciones más activas y que más ocupan el espacio público durante los primeros años de la República. La jerarquía eclesiástica las arengaba a ocupar un espacio que no les correspondía por creencia, más sí por ley. Transgrediendo sus modelos de género, luchaban contra la laicización y la destrucción de la familia. Además, contaban con el derecho al voto, con el que podrían incidir en el gobierno de la República (Yusta, 2006).
 
Si se movilizaban, entonces, era por intereses religiosos, defendiendo la identidad femenina ubicada en lo doméstico. Interpretaron la guerra civil como un castigo a ese desorden establecido por la República, intensificando su tarea de restauración de la familia y la moral católica (Blasco Herranz, 2003, citado por Morant I Ariño, 2012, p.124). En contrapartida, las falangistas se movilizaban por motivos políticos. Su sentir era revolucionario. La guerra era percibida como un acercamiento a la construcción de un Estado que daría lugar al Imperio y ellas consumarían su parte desde el hogar (Ibíd.).
 
Las militantes de Acción Católica participaron en las secciones femeninas de los partidos conservadores escudándose en que estaban defendiendo la familia y la comunidad católica en peligro por la secularización republicana. En ningún momento admitieron, ni ellas ni sus compañeros, que esas acciones constituían una manera de hacer política, de participar en la política. De hacer pleno uso de su recién creado status como ciudadanas (Moral Roncal, 2011).
 
Pero este movimiento, esta participación en lo público tiene su caducidad. Tras la revolución asturiana, octubre de 1934[1], las mujeres católicas son reconducidas al hogar tanto por la IC como por los dirigentes políticos de derechas (Yusta, 2006). Llega entonces el momento para que las mujeres fascistas ocupen el espacio público, transgrediendo, como las católicas antes, sus propias concepciones del sistema de géneros.
 
 
Anexo II
La Sección Femenina. Teoría y práctica de su ideología de género.
 
¿Es correcta la visión que nos presentan diversos estudios donde prevalecen la sumisión, la subordinación o el sometimiento de las fascistas españolas? ¿Podemos englobar a la totalidad de las mujeres al analizar el franquismo y los roles de género? Para muchas, muchísimas mujeres republicanas, comunistas, anarquistas, socialistas, la victoria del bando sublevado se tradujo en miedo, miseria, violencia, exilio, represión, muerte… Silencio. El género, entonces, se presenta como una categoría imprescindible para un correcto y riguroso análisis histórico (Morant I Ariño, 2012). Es cierto que las normas y leyes promulgadas durante el franquismo, así como su discurso de género, se dirigían a todas las mujeres, pero no afectaba a todas de la misma manera.
 
Las falangistas, por lo general mujeres solteras, sujetas a la autoridad de la Jefatura de Estado, a la del Ministro del Movimiento y a la de los mandos políticos de Falange (Tavera García, 2006), ni buscaban avances democráticos ni igualdad entre mujeres y varones.    Sí intentaron ajustar el discurso falangista de la feminidad desde su nacimiento, en 1934, durante la guerra civil y en la dictadura franquista. De constituir un pequeño grupo de mujeres que ayudaban a sus compañeros de partido, la guerra propició el cambio de naturaleza, composición y objetivos. Terminada la guerra con la victoria de Franco, se propusieron englobar en sus filas al conjunto de las mujeres españolas. Era necesario continuar ocupando en un escenario ya vetado a las mujeres. Legitimadas en modelos femeninos históricos como Teresa de Jesús e Isabel la Católica y justificando su pervivencia en la formación obligatoria del Servicio Social a las mujeres en los valores tradicionales: como esposas, madres y amas de casa cristianas; patria, hogar, Dios (Morant I Ariño, 2012). Es decir, ya desprovistas de la ciudadanía completa republicana, la utilizan como agencia. Realizan actos que crean opinión, ejercen una gran influencia en determinados campos de la política, participan en el escenario público. El mismo escenario que defienden como exclusivo de los varones.
 
La ideología de Falange, ultranacionalista y revolucionaria, donde el Estado ocupa un papel eminente, detentaba su particular discurso de género. Si se crea una sección femenina uniformada, que practica deporte y realiza excursiones, muy criticadas desde el catolicismo, es para su formación como madres sanas (las prácticas eugenésicas están en auge) que crean hijos soldados al Estado para la consecución del Imperio. Esta tarea se realizaba fuera del hogar, de la familia, en una organización jerárquicamente estructurada. Los mandos eran mujeres jóvenes, solteras, trabajadoras, sin descendencia, independientes, políticas… Todo lo que las mujeres que no formaban parte de la SF tenían vetado. Vetado por la SF, por ley, por costumbre, por tradición, por la IC, por el Régimen. Las contradicciones quedan patentes (Ibíd.).
 
La religión católica termina por ocuparlo todo, reconquistando el terreno ganado por la República. Incluso las falangistas, por voz de Pilar Primo de Rivera, introducen en su discurso de manera paulatina pero constante las referencias católicas. El falangismo fracasa en su ofensiva política de 1941 y se consolida la nacionalcatolización con Franco y su caudillaje a la cabeza (Ibíd.).
           
Anexo III
Legislación de la Segunda República en relación con las mujeres
 
o   Decreto de 29 de abril de 1931: las mujeres pueden opositar a notaria y registradora de la propiedad.
o   Decreto de 8 de mayo de 1931: derecho al sufragio pasivo a las Cortes Constituyentes en mujeres mayores de 23 años.
o   Aprobación de la Constitución el 9 de diciembre de 1931. Articulado referente a las mujeres:
o   Art. 25: igualdad jurídica de mujeres y varones.
o   Art. 40: admisión en empleos y cargos públicos por mérito y capacidad.
o   Art. 46: derecho al trabajo como obligación social de mujeres y varones.
o   Art. 36: sufragio universal.
o   Art. 41: matrimonio civil.
o   Art. 43: igualdad en el matrimonio entre los cónyuges.
o   Reformas en el Código Civil, donde las mujeres podían:
o   Ser testigos tanto en testamentos como en matrimonios civiles.
o   Ser tutoras de menores y personas con discapacidad.
o   Conservar su nacionalidad en caso que el marido tuviese otra.
o   Compartir con sus maridos los bienes conyugales y la patria potestad de la descendencia.
o   Tener contratos laborales sin cláusulas de despido en caso de matrimonio.
o   En el Código Penal se eliminaron como delitos el adulterio y el amancebamiento.
o   25 de marzo de 1932: Ley del Divorcio.
o   25 de junio de 1935: se abole la prostitución.
o   1936: legalización del aborto
o   Se equipara en derechos la descendencia fuera y dentro del matrimonio.
 
 
Anexo IV
Legislación y Organismos de la Dictadura Franquista con relación a las mujeres
 
  • Se deroga la legislación republicana.
  • Se reinstaura el Código Civil de 1889, donde se asimila a la mujer casada a menores de edad, personas ciegas, locas, extranjeras y sordomudas. Establece la obligación de obediencia al marido, la pérdida de nacionalidad si se casa con un extranjero. Quedaban incapacitadas para tomar decisiones económicas sin el acuerdo de su marido (tutela marital), o para ser tutoras, entre otras. Las viudas que vuelven a contraer matrimonio pierden la patria potestad de la descendencia (que en primera instancia la ejercía el marido); la separada, el domicilio conyugal.
  • Servicio Social de la Mujer a cargo de la Sección Femenina, 1937, reorganizado en 1940: obligatorio, para formar a las mujeres solteras entre 17 y 35 años como buenas esposas, madres y amas de casa.
  • Fuero del trabajo, 1938. Se regula el trabajo a domicilio. Establece la familia como célula primaria natural, fundamento de la sociedad y como institución moral, a la que la mujer pertenece y el varón gobierna.
  • Ley de Subsidios familiares, 1938: La familia cristiana como pilar de la nación.
  • Decreto de 1 de mayo de 1939: prohibición de la educación mixta.
  • Ley de delitos contra la persona, 1941: aborto, infanticidio y propaganda de anticonceptivos penados y/multados.
  • La Dirección General de Seguridad en 1941 prohíbe tomar el sol sin albornoz.
  • Patronato de Protección a la Mujer, 1941: para educar a las mujeres en los valores católicos y apartarlas del vicio y su posible explotación.
  • Ley de Reglamentaciones Laborales, 1942. Solo trabajaban las mujeres solteras o viudas. En caso de matrimonio tenían que firmar el despido voluntario un mes antes del mismo.
  • Ley de 11 de mayo de 1942 por la que se incluye en el Código Penal el adulterio, con diferentes definiciones y penas para mujeres y varones.
  • Ley de Contratos de Trabajo, 1944. Para trabajar, las mujeres necesitaban la autorización del marido.
  • Plan de Estabilización, 1959. Se incluyen mejoras para las mujeres trabajadoras.
  • Ley sobre Derechos Políticos, Profesionales y Laborales de la Mujer, 1961. Pone fin a la discriminación salarial y de acceso al trabajo, siempre con la autorización del marido (Aparicio, 2011).
 
 
 
Fuentes Bibliográficas
 
Di Febo, Giuliana (2006). “La Cuna, la Cruz y la Bandera”. Primer franquismo y modelos de género. En G. Gómez-Ferrer, G. Cano, D. Barrancos y A. Larvin (Coords.) e Isabel Morant (Dir.), Historia de las mujeres en España y América Latina. Volumen IV. Del siglo XX a los umbrales del XXI (pp. 217-238). Madrid: Cátedra.
Moral Roncal, Antonio Manuel (2011). María Rosa Urraca Pastor: de la militancia en Acción Católica a la palestra política carlista (1900-1936). Historia y Política, 26, 199-226.
Morant I Ariño, Toni (2012). “Para influir en la vida del Estado futuro”: discurso –y práctica- falangista sobre el papel de la mujer y la feminidad, 1933-1945. Historia y Política, 27, 113-141.
Muñoz Ruiz, María del Carmen (2006). Modelos femeninos en la prensa para mujeres. En G. Gómez-Ferrer, G. Cano, D. Barrancos y A. Larvin (Coords.) e Isabel Morant (Dir.), Historia de las mujeres en España y América Latina. Volumen IV. Del siglo XX a los umbrales del XXI (pp. 277-298). Madrid: Cátedra.
Rodríguez de Lecea, Teresa (2006). Las mujeres y la Iglesia. En G. Gómez-Ferrer, G. Cano, D. Barrancos y A. Larvin (Coords.) e Isabel Morant (Dir.), Historia de las mujeres en España y América Latina. Volumen IV. Del siglo XX a los umbrales del XXI (pp. 267-276). Madrid: Cátedra.
Sánchez, Pura (2009). Individuas de dudosa moral: la represión de las mujeres en Andalucía (1936-1958). Barcelona: Crítica.
Tavera García, Susanna (2006). Mujeres en el discurso franquista hasta los años sesenta. En G. Gómez-Ferrer, G. Cano, D. Barrancos y A. Larvin (Coords.) e Isabel Morant (Dir.), Historia de las mujeres en España y América Latina. Volumen IV. Del siglo XX a los umbrales del XXI (pp. 239-266). Madrid: Cátedra.
Yusta, Mercedes (2006). La Segunda República: significado para las mujeres. En G. Gómez-Ferrer, G. Cano, D. Barrancos y A. Larvin (Coords.) e Isabel Morant (Dir.), Historia de las mujeres en España y América Latina. Volumen IV. Del siglo XX a los umbrales del XXI (pp. 101-122). Madrid: Cátedra.
 
31/01/2013
 

[1] . 1934 supone un momento de gran avance y aprendizaje político para las mujeres y las organizaciones de izquierda. Las mujeres de los presos tuvieron que adjudicarse sus tareas. Iniciaron una rápida toma de conciencia al formar grupos para pedir la amnistía tanto para los presos como ayuda a las familias. Entre 1934 y 1936 las mujeres de izquierda se movilizan entre estas acciones a favor de los presos, huelgas y manifestaciones. Es un periodo de gran actividad política donde las organizaciones masculinas las reclamaban para participar en condiciones de plena igualdad (Yusta, 2006).

Siguiendo la saga de la genealogía feminista

Ayer estuve en la presentación del libro “Mujeres bajo sospecha” y el documental “Memoria y sexualidad de las mujeres bajo el franquismo” en COGAM, con Raquel Osborne y Cecilia Montagut. En el documental aparecía Pura Sánchez, autora de Individuas de dudosa moral. Explicaba la foto que ilustra la portada de su libro. Son cuatro mujeres de un pueblo de Toledo. Todas, salvo la segunda por la izquierda, rondan los cuarenta. La joven, de 16 años, cometió el terrible delito de ennoviarse con un rojo. Por eso la pelaron. La mujer de la derecha no logró superar el rapado. No salía de casa. Pidió que la enterrasen con su trenza. Trenza de mujer. Símbolo de la feminidad.

¿Por qué, tras raparlas, las fotografiaron? Sencillo, argumenta Pura: para colgar la foto en el estanco del pueblo. Para que siempre estuviera visible su deshonra, aun cuando ya les hubiese crecido el pelo de nuevo. Por rojas, por individuas de dudosa moral pública y privada, por ateas. Para que aprendiesen una lección que dura hasta nuestros días…

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Sigo la saga de la genealogía feminista, claro que sí Raquel, como no podía ser de otra manera. Un abrazo.

Su doble moral

¿Qué tal el libro?, preguntan. Me preguntan siempre. Y lo agradezco. No todo el mundo escribe libros en estos tiempos de imposiciones de maternidad obligatoria en pos de una vida que no es. Que no es ni vida, ni ser. Exactamente las mismas personas que se niegan a condenar, porque lo aprueban, a aquellas otras que golpeaban a mujeres en los vientres embarazados para que abortaran. Un rojo menos.

Población flotante que ha acuñado mi madre. La que me cura y enjuga mis lágrimas. La que me recuerda lo importante que es lo que estoy haciendo (lo hago para ti mamá). La que me habla: ya sabías lo que era esto Lourdes… Lo sé, lo sabía mamá, pero es muchísimo peor de lo que podía imaginar. Será que mi retorcida mente de roja y atea e individua de dudosa moral pública y privada está incapacitada para llegar a los estados de las nacionales, católicas, mujeres de bien como la fascista. Como la funcionaria de guantes negros de Ventas.

El libro… Él tuvo vacaciones casi todo el mes de diciembre. Lo dejé así como olvidado. Como olvidado… Las vacaciones, las fiestas, Nochebuenas, viejas, años nuevos, reyes… Todo-es-siempre-lo-mismo. Y llegó el momento de retomar la lectura, el análisis, el esquema mental, la ilusión por ver publicadas mis palabras… Pero también llegó el momento de las lágrimas, de los sollozos, de los ojos rojos, de las manos en la cara (contra los ojos cerrados, para no abrirlos, si no veo, nada de esto ha sucedido), de la impotencia, de gritar hacia dentro, de los dientes apretados, de apretar fuerte la foto contra mi corazón. Si lloras no lees, y si no lees no aprendes. Aprendamos pues.

 

Imagen

 Miliciana del Batallón de Acero en la Sierra de Madrid

Fuente: La otra mitad de la historia