Fragmento del capítulo La Santa Cruzada, 1936-1939

Su padre y su hermano huyen a Madrid. Durante un año los sublevados van a su casa amenazando tanto a su hermana como a ella de cortarles el pelo. “Venían ya por la mañana a las seis de la mañana.”

Pero el sistema represivo de la dictadura guarda determinados castigos a las mujeres, castigos que se pretenden ejemplares y selectivos por la crueldad con que se perpetran, lo que Cabrero Blanco (2006, p.337) llama “sesgo de género”. Las mujeres republicanas habían abandonado su papel de subordinación y pasividad, “habían elegido vivir como protagonistas” (Ibíd. p.185). Era necesario purificarlas, reconducirlas a la feminidad tradicional transgredida. Invisibilizarlas. En su avidez de venganza, los sublevados pedían sangre, cárcel, hasta muerte para ellas por traspasar los límites de la domesticidad. Constituía una misión incluso de tintes sagrados represaliarlas brutal y salvajemente con total impunidad (González Duro, 2012).

A las mujeres, además de detenerlas por los mismos motivos que a los varones, se incluía el de ser familiares de antifranquistas: madres, esposas, hermanas, hijas de rojo. Los arrestos podían acompañarse, o darse sin el arresto, de pelados al cero tanto de la melena como de las cejas. La melena es una característica femenina por lo que la amenaza, o su cumplimiento, de los rapados constituyen una represión sexuada. Represión sexuada a la vez que castigo ejemplarizante y público. Las golpeaban y las pelaban y así, peladas y doloridas las paseaban por la vía pública en presencia del vecindario que en muchas ocasiones acudía por obligación. Algunas personas las insultaban, las gritaban, las increpaban bien por pertenecer al bando sublevado, bien para disimular sus ideas republicanas. En algunas ocasiones el pelado, los golpes y el posterior paseo público, constituía un castigo en sí mismo. En otras, las mujeres además pasaban a disposición gubernativa. No es casual que los rapados hayan sido silenciados, eliminados del recuerdo colectivo. Pero no por ello olvidados primero por aquellas que lo padecieron, segundo por las personas que lo presenciaron. “La amnesia histórica funcionaba perfectamente y desde el principio” (Ibíd., p.36). Más tarde, en el pacto de silencio y cobardía que supuso la transición, la izquierda aceptó el olvido. Despreció a sus protagonistas, ignoró de qué lado estuvo en las trincheras, quién se sublevó contra el orden establecido en las urnas, negoció incluso con franquistas de manos ensangrentadas.

 

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