Carta abierta al Ministro de las Injusticias

Sí a ti, ese hombre que no ama a las mujeres, has conseguido lo que parecía imposible: que mujeres de toda clase y condición nos unamos, nos percibamos como hermanas. Ese concepto de sororidad desde el que las mujeres creamos alianzas y superamos las prohibiciones patriarcales de mirarnos, escucharnos, sentirnos y amarnos. Ahora somos una. Una formada de muchas, de todas, tan diversas como los rayos de sol en esta primavera que se cuela por la ventana de mi habitación. Mi habitación propia. Habitación que defiendo a capa y espada, porque es mi nido, mi yo más profundo, mis ganas de ser agua y fuego. Agua…
 
En este 8 de marzo de un mes proclamado como feminista de principio a fin, cuyo grito por la libertad ha surcado mares, desiertos y continentes. Y todas gritan, gritamos contra ti, ministro de las injusticias. Has conseguido que incluso el poder judicial te recuerde que el concebido no es titular de un derecho a la vida. Has hecho asegurar a personas que no van a dejar de realizar abortos a ninguna mujer que se lo pida. Has conseguido que ni cárceles, ni multas, ni pretendidas tutelas puedan cortar nuestras alas. Porque nosotras, las mujeres, somos libres. Porque nuestros derechos, los derechos de las mujeres, no nos los concedéis ni nos los arrebatáis. Nuestros derechos los hemos conquistado, os los hemos arrancado en muchas luchas que se han llevado por delante a tantas de nosotras… A nuestras abuelas, a nuestras bisabuelas, a nuestras madres. Hermanas. Porque seguimos la saga de la genealogía feminista y eso nos hace fuertes, invencibles. Y ni tú ni nadie, ministro de las injusticias, vais a conseguir callarnos.
 
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Su mirada azul recuerda lo que calla

Vio como levantaba la mano y señalaba los muslos las piernas los pies, vio brazos alcanzando vergajos y solo sintió ya los golpes en sus pies, muslos y piernas y las preguntas. Nalgas…(Vicenta…) descansaron y comenzaron de nuevo. No quiero seguir escribiendo, ni leyendo, se sentaron encima suya, le golpearon, la desnudaron, paraban para descansar y luego volvían a empezar los golpes. Se turnaban. Golpeaban de los muslos para abajo. Le pateaban el vientre. Poder y dominio. Y pienso en Vicenta, y en sus posaderas negras y en las tres semanas que pasó en gobernación y en no querer recordar. Yo recordare por ti y escribiré por ti o por nosotras, por todas. Para que no se olvide, para que se tenga bien presente. Para escribir la Historia. Abuelo, te echo tanto de menos… Sé que lo escuché alguna vez, yo era demasiado pequeña. Te detuvieron y te pegaron. Tu padre. El maldito apellido de la familia teñido de rojo libertad. Te pegaron, eras joven, un adolescente, sin madre, sin hermana, sin padre… Te echo tanto de menos, me habría gustado tanto enseñarte estas palabras y mirar tus ojos grises y que me hablaras de nuevo con esa voz suave y pausada y tus silencios, que ahora solo ahora comprendo. Yo… Cuando mi abuela dice que fue horrible, horrible y cuenta, cada vez estoy más convencida de que calla más que cuenta. Y eso que lo que cuenta es terrible. Pero hay algo más. Hay algo más escondido en ese fue terrible, fue terrible…, y calla, y mira al horizonte, y su mirada azul queda perdida, queda perdida viendo eso que no dice, eso que calla, eso que esconde tras fue horrible. Se le empañan los ojos y llora. Si le preguntara que es eso que calla, abuela ¿qué callas, qué es eso que no dices? Erais creo que cinco hermanas y tres hermanos. Fusilaron a uno, Vicente. ¿Qué os pasó a las mujeres, a las niñas? ¿Qué os hicieron? ¿Abuela? Te fuiste del campo a trabajar a la ciudad. Siempre has dicho que el trabajo en el campo no te gustaba, pero allí estaba tu familia, toda la familia que había quedado. Y lo dejaste todo para quedarte sola limpiando casas. ¿Qué pasó, qué pasaba en el campo para que decidieras, con algo más de 17 años, dejar el cobijo de la familia y aventurarte, exiliarte, en la ciudad? Siempre has dicho que eras preciosa, y doy fe que lo eras, que lo eres. ¿Qué te hicieron, qué os hicieron, qué os hacían, para que huyeras?

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Mujeres republicanas                                                              

En el 126º aniversario del nacimiento de Clara Campoamor

Fragmento de Vida en la memoria.

En mayo de 1936, Clara Campoamor Rodríguez escribiría: “La tragedia de la República es la tragedia del pequeño burgués republicano, pequeño en el sentido espiritual más que económico… Que ha considerado la República el dorado que le abriría las puertas de una nueva vida… Con esa idea por motor llegó, por sorpresa, vacío de propósitos, planes y energía, al 14 de abril… Para mí la República era la conquista de realidades, abriendo anchas las ventanas al porvenir. Una España republicana, con casinillos radicales para hombres solos, casinillos sucios, malolientes y vacuos, no me interesaba. Una República con demócratas verbalistas y mujeres apagadas en el hogar, de laicos de merendero en viernes santo y esposas con freno religioso; de amor libre masculino, con mujeres despreciadas y niños abandonados; de ángeles legítimos del hogar y de padres ilegítimos fuera de él, amparados por la inexistencia de la investigación de la paternidad… Una República así no me interesa sino para trabajarla, combatirla y transformarla.” (Sánchez Sánchez, 2009, p.84).

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Fragmento del capítulo La Santa Cruzada, 1936-1939

Su padre y su hermano huyen a Madrid. Durante un año los sublevados van a su casa amenazando tanto a su hermana como a ella de cortarles el pelo. “Venían ya por la mañana a las seis de la mañana.”

Pero el sistema represivo de la dictadura guarda determinados castigos a las mujeres, castigos que se pretenden ejemplares y selectivos por la crueldad con que se perpetran, lo que Cabrero Blanco (2006, p.337) llama “sesgo de género”. Las mujeres republicanas habían abandonado su papel de subordinación y pasividad, “habían elegido vivir como protagonistas” (Ibíd. p.185). Era necesario purificarlas, reconducirlas a la feminidad tradicional transgredida. Invisibilizarlas. En su avidez de venganza, los sublevados pedían sangre, cárcel, hasta muerte para ellas por traspasar los límites de la domesticidad. Constituía una misión incluso de tintes sagrados represaliarlas brutal y salvajemente con total impunidad (González Duro, 2012).

A las mujeres, además de detenerlas por los mismos motivos que a los varones, se incluía el de ser familiares de antifranquistas: madres, esposas, hermanas, hijas de rojo. Los arrestos podían acompañarse, o darse sin el arresto, de pelados al cero tanto de la melena como de las cejas. La melena es una característica femenina por lo que la amenaza, o su cumplimiento, de los rapados constituyen una represión sexuada. Represión sexuada a la vez que castigo ejemplarizante y público. Las golpeaban y las pelaban y así, peladas y doloridas las paseaban por la vía pública en presencia del vecindario que en muchas ocasiones acudía por obligación. Algunas personas las insultaban, las gritaban, las increpaban bien por pertenecer al bando sublevado, bien para disimular sus ideas republicanas. En algunas ocasiones el pelado, los golpes y el posterior paseo público, constituía un castigo en sí mismo. En otras, las mujeres además pasaban a disposición gubernativa. No es casual que los rapados hayan sido silenciados, eliminados del recuerdo colectivo. Pero no por ello olvidados primero por aquellas que lo padecieron, segundo por las personas que lo presenciaron. “La amnesia histórica funcionaba perfectamente y desde el principio” (Ibíd., p.36). Más tarde, en el pacto de silencio y cobardía que supuso la transición, la izquierda aceptó el olvido. Despreció a sus protagonistas, ignoró de qué lado estuvo en las trincheras, quién se sublevó contra el orden establecido en las urnas, negoció incluso con franquistas de manos ensangrentadas.

 

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El «impacto neto positivo en la economía, por los beneficios esperados en la campo de la natalidad» del Ministerio de las Injusticias

España quiere que sus mujeres le sirvan únicamente como mujeres. Que hagan patria únicamente  como mujeres, que su esfuerzo y su trabajo respondan exactos a sus posibilidades mentales y físicas. Pero, al reconocer todas las prerrogativas de su sexo, exige de ellas también implacable conciencia de la hora que atravesamos. Les exige un máximo rendimiento en servicio y sacrificio. Les exige conocimiento y renunciamiento: conocimiento de sus deberes y renunciamiento a sus egoísmos, frivolidades, ambiciones personales y pequeñas.

 

“Retrato ejemplar de una mujer de raza”, editorial de Y, Revista de la Mujer Nacionalsindicalista, febrero 1938.

 

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El nombre de todas las cosas

Resulta lamentable que existan personas que se dicen demócratas y bla, bla, bla, incapaces en absoluto de pulsar siquiera al botón de me gusta en la página de este libro de rojos. Cosas de rojos, el masculino invisibilizador no es casualidad. El franquismo (fascismo, señoras y señores, llamemos a las cosas por su nombre), y después la transición (o continuidad revestida de tintes democráticos –democrático burgueses-), bien se encargaron de tergiversar los términos. La historia oficial, la que cuentan los vencedores… Un momento, ¿quiénes fueron los vencedores? ¿Quiénes fueron los golpistas, los asesinos, los violadores, los que firmaban penas de muerte mientras Alfredo Landa gritaba a las suecas? Esas personas, que se dicen demócratas y me tachan de radical (orgullosa de buscar siempre la solución y no de poner tiritas o de mirar a otro lado), se muestran incapaces de pulsar si quiera el botón de me gusta. No les vayan a confundir con esta panda rojos. Que si balas, que si esfuerzos, que si cuadros, que si costillas… Que si fascistas. Que sí, que sí: ¡fascistas!

Leo que en otros estados, en otros países, las familiares de aquellas que tuvieron algo que ver con los fascismos, se sienten avergonzadas. Constituye una lacra. Aquí no, aquí es motivo de orgullo o, al menos, de “oye, es que los rojos fíjate lo que le hicieron a mi familia.” ¿Y tu familia qué era, monina? Adepta, adicta, afecta…, al fascismo. O lo que es lo mismo: fascista. El mismo fascismo de Hitler. El mismo fascismo de Mussolini. Sólo que aquí no ganó en las urnas sino tras un golpe de estado fallido que desencadenó una larga y cruenta guerra, con el apoyo de sus hermanos fascistas y el abandono de las naciones democráticas –democrático burguesas-. Sólo que aquí, podéis gritar bien alto y bien fuerte: Tenemos el orgullo de ser el único país donde el fascismo triunfó, mi familia ayudó a ello y yo soy incapaz de llamar a las cosas por su nombre. Olé, olé y olé (esto lo añado yo).

Porque aquí, los rojos, las rojas, mi familia, resistieron. Resistieron al fascismo, a vosotras, a vuestras familias, hasta enterraros en el mar.